miércoles, 18 de mayo de 2016

Cuentos Urbanos: Receta ecuatoriana para combatir la nostalgia


Fotografía: Sara Zambrano PhotoStudio

Querida amiga lectora,

Para llevar a cabo esta receta, necesita, primero, salir de su casa. No importa si está triste, tendrá que caminar hasta la tienda de ultramarinos más cercana. Aunque, bien, dependiendo de la parte del mundo en donde esté usted ubicada, el viaje puede resultar más, o menos largo. No vaya en coche, camine.

Si está en Europa, deberá dirigirse a una tienda de inmigrantes “latinos”, chinos, “indianos” o magrebíes. Ahí es donde empezará su receta, en donde los productos huelen propiamente a nostalgia.

Compre 2 plátanos machos o verdes , cabe reiterar que deberán estar “muy verdes”; aceite de soja, girasol o maíz, cualquiera de los antes mencionados va bien; 1 queso fresco, de preferencia de origen sudamericano (Entiéndase Sudamérica como el territorio que va desde Colombia y Venezuela hacia el Sur).

Regrese caminando, notará cómo ahora el retorno es más feliz y esperanzador.

Ya en casa, pele los verdes debajo del grifo, permita que el agua salpique en sus pensamientos y en el plátano, sólo así empieza a desprenderse la cáscara y uno que otro recuerdo.

Una vez retirada la piel, proceda a cortar los plátanos en rebanadas de 1 cm aproximadamente. Sienta como el perfume que se empieza a liberar va removiendo profundas memorias.

En una sartén, caliente ½ vaso de aceite hasta que humee. Coloque uno a uno los pedacitos de verde hasta que el color rosa desaparezca y adquiera un dorado que recuerda al sol del atardecer en un pueblito de pescadores.

El perfume del verde se va liberando. Abra la puerta de la cocina, permita que el olor penetre en cada rincón de su casa. Es un aroma que limpia, espanta los miedos, atrapa pesadillas e incluso entibia el ambiente en las tardes frías.

Una vez dorados, retírelos del fuego y con el bien llamado “culo” de un vaso, aplástelos como si los estuviera pisando. Llévelos al fuego nuevamente en un aceite muy caliente para que se doren nuevamente de lado y lado.

Notará que en este punto el olor se torna irresistible. Puede darles un mordisco, si lo desea, con cuidado de no quemarse; le aconsejo cerrar los ojos para sentir teletransportarse al lugar de sus deseos.

Sálelos y sírvalos calientitos, porque si se enfrían se vuelven duros y pierden su poder curador de nostalgias. Acompáñelos con pedacitos de queso y un café al estilo sudamericano, esto es: mezcladito con agua, no demasiado cargado, de esos que pueden tomarse en la noche y  no quitan el sueño.

Mi recomendación: La mejor forma de tomarlos es a la hora de la puesta de sol, sentada frente a alguna ventana y mirando al sur.

¡Buen Apetito!

Cuentos Urbanos: La Casa de la Familia Abellán

Fotografía: Sara Zambrano PhotoStudio


-       Llegamos, señorita Alina. ¿Va a querer que la espere?

Mira embobada por la ventana del Uber. Le cuesta reconocer la casa de sus abuelos en esa fachada restaurada a la mala con parches de cualquier material. Con la mirada busca desesperadamente el número de casa, esperanzada en que los mensajes de su móvil la hubieran distraído al punto de equivocarse de calle, de casa, de atmósfera, pero, un 232 a medio colgar, la obligan a asentir, “Sí, claro, llegamos” – dice entre dientes.

Una niebla baja parece esconderle todo lo conocido. No la recordaba tan espesa – piensa. Los 20 años de nostalgia que la separan de esa calle comienzan a pesarle.

Aprieta con fuerza la manija, en un afán de sostener sus emociones. Se asoma a la ventana, desempañando el vidrio con la manga de la blusa, “¿Cuándo se volvió tan gris?”- susurra. Lo que ve no se parece en nada a los recuerdos que le llegan de golpe, coloreados de rojo por los geranios y las fresas enanas escondidas en las jardineras de la abuela, de verde brillante por las plantas de sedum, también perfumados por el olor de los claveles.

-       Señorita Alina, este barrio no es muy seguro…

Sin escuchar, desciende del carro, con sus zapatos de tacón de aguja, su falda Burberry negra a cuadros y una blusa de seda verde esmeralda que no hacen juego con el entorno circundante. Le llueven también remembranzas en blanco y negro. “Así es como uno mismo elige su destino”- medita con cada paso, hacia la casa paterna. Al compás de esa marcha, se ve a sí misma, a sus padres, a sus tíos, a sus primos, uno a uno, como en un desfile en sepia, ausentarse de esa casa con lágrimas en los ojos y con muchas maletas. Le parece escuchar a su abuela con la voz quebrada “¡El esfuerzo de tu padre!” y a su tío Rodrigo, contestarle como recitando un libreto varias veces repetido: “Este barrio se está dañando, mamá, todos los amigos se están yendo también. Los Pinto, los Naranjo, los Benítez….”

-       Señorita Alina, la espero, entonces…

Mira el reloj, son las 5 10, llega 20 minutos más temprano a la cita con comprador. Duda. Es la primera vez que va al encuentro de la casa de sus ancestros. Te fuiste sin despedir, Alina. “Es mi encuentro, mi ceremonia”.

-       No, Antonio, váyase, gracias, yo pido otro servicio cuando haya terminado.
-       ¿Segura, señorita Alina? Mire que está con maletas…este barrio…
-   Seguro, Antonio. Ayúdeme a bajarlas. Si me las pone en la puerta de adentro, subiendo la escalerita, me doy por servida.

Busca el llavero que le ha dado su madre. El único juego de llaves desde siempre. Las mismas de cuando las escondían para jugarle bromas a las muchachas de servicio. Así era su abuela, le gustaba que todos entraran y salieran de una casa de puertas eternamente abiertas. Sabe de memoria qué llave exactamente meter en un candado tan antiguo como ella misma. Se ha abierto sin necesidad de llave. El óxido ha hecho de las suyas. Un poco avergonzada mira de reojo a Antonio que espera detrás para dejar las maletas dentro de la cerca.

-     Señorita Alina, yo voy a estar por aquí cerca, cuando termine, mejor me llama. Cuidado va a perder su vuelo. ¿A qué hora tiene que estar en el aeropuerto?
-      Gracias por sus cuidados, Antonio. No creo que lo pierda, tengo bastante tiempo. Nos vemos en… 9 días. De todas formas, lo llamo desde Montevideo para confirmarle fecha y hora exactas, ¿sí?
-       Bueno, señorita.

Sube los escalones. Se planta junto a la puerta. Un frío le recorre el cuerpo al ser consciente de que está sola. Se gira buscando la conveniente mirada de alguna vecina indiscreta, de algún niño que, a pesar de la neblina y el frío hubiese decidido lanzarse a la calle. Nadie. Se roza los brazos con ambas manos para desprenderse el frío que se le está pegando. Mira el reloj, 5 15, faltan 15 minutos para que la llegada de su cita. “¿Qué te pasa, Alina? ¿Desde cuándo te da miedo quedarte sola?”

En un atisbo de inseguridad provocado por el respeto escalofriante que le provocan tantas vivencias desdeñadas desde hace tanto, abre la puerta. Tiene la extraña sensación de precipitarse al vacío. Es el efecto del juego de sombras y luces amarillentas que bailan y se deslizan como sábanas flotantes ante sus ojos que tardan eternos segundos en acostumbrarse. El pecho se le oprime. Cualquiera temería encontrarse, en esa casa deshabitada con alguna “presencia”, pero ella le teme más a los espacios vacíos, abandonados, viejos. Siempre ha sido el personaje más simple de la familia, lo que para otros pudieran ser fantasmas, para ella es el simple viento, lo que para otros pudieran ser intrigas, para ella son malos entendidos, pero los pocos minutos que lleva sumergida entre sombras parecen estar llamando a la puerta de esos pequeños temores que todos tenemos prendidos en nuestros cimientos más firmes.

Repentinamente, un olor penetrante. Un aire podrido invade la estancia. Tapándose la nariz, abre la puerta de par en par. Como cuando de niña llegaba corriendo con sus primos a la hora del pan de dulce y la leche con canela. Se marea. Son, el olor a cloaca mezclado con el sonido de las voces de su niñez y el olor a pan que la envuelven casi al mismo tiempo. Su mente la traiciona. Le parece escuchar a lo lejos aquellas risas infantiles retumbando en esas mismas paredes despiadadamente vacías. Sabe que la puerta retrocederá y arremeterá con fuerza. La conoce de memoria. Arrastra, entonces, sus dos maletas, las coloca de soporte en la puerta para que el aire y la luz exteriores puedan circular con amplitud por esa casa cerrada hace demasiado tiempo.

Con apuro tantea en su bolso la forma de estrella de su Thierry Mugler, intentando llenar ese aire descompuesto, lóbrego, con un aroma conocido, especiado, dulzón. Aprovecha para controlar su móvil. Por el insistente bip-bip intuye menos del 5% de batería restante. Busca el interruptor de la luz aunque ya su sexto sentido le ha advertido sobre una posible de falta de electricidad y de todo en medio de tanto abandono. Se consuela pensando que tendrá que hacer todas sus llamadas en la tienda más cercana, esa que conoce desde niña y que, torciendo la segunda esquina, montada en el taxi, celebró para sus adentros que estuviera aún “ahí”.

“¿De dónde viene esa fetidez?”. Entonces se da cuenta de que el hedor ha ido tomando distancia. Huele su ropa comprobando que no haberse habituado al olor sino que éste efectivamente, ha ido menguando. “5 20”, en 10 minutos llegará el cliente, “¿podrá percibir ese olor? ¿y ese frío que ha ido cual dominó, empañado uno a uno los cristales?”. La neblina se adueña poco a poco de la casa aprovechando la generosidad de esa puerta que hace tiempo no se abría a nadie. “¡No es posible que la venta se frustre por el olor y este frío!”- refunfuñaLa gestión de la venta de la casa no había sido nada sencilla. Tuvo a mal tomar en sus manos esa responsabilidad, como tributo a la memoria de su abuelo, pero le había tocado lidiar, no sólo con el ir y venir de opiniones cruzadas y un larguísimo historial de discusiones familiares, “¡si no también con esto, ahora!”.

Resuelta, toma el frasco de perfume como quien empuña un arma. Pero se para en seco. Vuelve a dudar. Un frío le recorre la espalda. “Esto es más propio de mis padres…tan supersticiosos ellos…no de ti, Alina”. Si su padre estuviera allí seguro ya habría dicho “Ese olor es del otro mundo, se siente pesada la casa”. Sí, se siente pesada. Se coloca un poco de perfume en la muñeca, buscando devolver el equilibrio a su personalidad inalterable. “¡Malos espíritus, papá!, en esta casa el único mal espíritu fue siempre la tía Tava – se ríe - que no estaba contenta con nada y renegaba, y rezongaba, y no le gustaba el ruido”- dice en voz alta, buscando desafiar a esos recuerdos grises que están empezando lloviznarle, aprovecha para recordar a la pobre tía Tava batiéndose con las jugarretas que solían echarle sus primos y ella.

Desde el marco de la puerta, observa una de las habitaciones. Explora en su cartera por alguna cajita olvidada de fósforos de su ya lejana época de cigarrillos. Nada. Menea la nariz. No. Ningún olor, lo único inquietante es el continuo danzar de las sombras. La habitación no le trae buenos recuerdos, allí les dieron a los niños la noticia de la muerte de Toñito, sentados en la cama litera, unos arriba, otros abajo, acomodados en orden de estatura, todos calladitos y con la mirada gacha, sin entender lo que les decían. Todavía no entiende. ¿Cómo la vida de Toñito se diluyó en esa tarde? Luego fue Clarita… En esa habitación, los recuerdos le caen como granizo, golpeando, mojando y enfriando al mismo tiempo. Ella no es así. Se sacude mirando el reloj: “5 25”.

Recuerda que debe inspeccionar la casa antes de la llegada del interesado, “no sea que el mal olor vuelva cuando estemos a punto de cerrar la venta”. Camina por el largo pasillo que une la cocina con el comedor y los dos salones principales. El camino se le hace inacabable. Le pesan los pasos. “El respeto a la oscuridad”, diría su madre. Ante a ella, la escalera de caracol blanca. Inhala. Le queda sólo por revisar el cuarto de arriba, el de la Tía Tava. ¿Qué cara pondrías, Tía Tava? al ver que la audaz y osada Alinita se va a colar en tu habitación para husmear en tus dominios.

Sube las escaleras. Por reflejo, cierra los ojos y se agarra al pasamanos gris, como cuando era pequeña. Cuenta los escalones. ¡27! Abre los ojos. Se turba. Se encuentra con su silueta, parada, descompuesta y ojerosa, en el segundo piso. ¡Cómo es posible que el espejo  estuviera aún allí! La casa se encuentra completamente vacía y el espejo perpetuo, en su sitio, esperando al final de la escalera. De niños, subían agarrados uno de la camiseta del otro, con los ojos cerrados, contando. Y al llegar a 27, corrían como almas descarriadas hasta quedarse lejos del alcance del espejo. Siente el corazón acelerado. Una experiencia ciertamente desagradable - se repite.

Tropieza, entonces, con el cuarto de la tía Tava. La neblina se ha apoderado también de ese espacio, dejando la habitación sumergida en el espeso vaho. El armario de esa madera finita, clara, todavía está. De allí sacaba la tía Tava los chocolates y las galletas que les daba a cuenta gotas, en esos días en que se apiadaba de los niños. Les pedía esperar fuera, “¡callados, a mí no me gusta el ruido! Si no, no les doy nada, ¡carajo!”, pero ellos la veían por esa puerta entreabierta, cómo se agachaba, luego metía todo el cuerpo, escarbaba en el armario, cerca de la zapatera y sacaba puñados de galletas y chocolates.

No puede resistirse. La Alina pequeñita de aquellos años la obliga a rendirse a la curiosidad. Abre la puerta del armario. Se agacha. Esta todo tan oscuro dentro, que es sólo su mano la que adivina las formas. Toca la pared, acariciándola cautamente, topándose de pronto con la empuñadura de un cajón. “¿un cajón en la pared?”, hala fuerte, se ve obligada a meter todo el cuerpo. Ahora entiende el ritual. No es posible hacerlo de otro modo. Logra abrir el cajón. Vacío. Sus manos siguen explorando a tientas ese cajón que parece no tener fin, largo, muy largo. “¿A dónde va a parar este cajón?, tiene que adentrarse en la pared, de otro modo, no sería posible”. Mete el brazo hasta la axila cuando inesperadamente sus dedos alcanzan algo. Una caja. Introduce aún más el cuerpo en el armario para meter el otro brazo y hacerse con la caja. Retrocede el cuerpo. Se hace espacio para salir a constatar el contenido. Entonces, un estruendo la espanta. Una ráfaga de viento sube por las escaleras cerrando de golpe la puerta de la estancia. Salta hacia la ventana sólo para constatar que 2 muchachillos del barrio, escondidos tras sus capuchas, atraviesan la calle con sus dos maletas. Se le para el corazón. ¡Cómo eres tan descuidada, Alina! Mira el reloj, “5 30”, su contacto debe estar por llegar.

Irritada consigo misma, dirige su mirada distraídamente hacia la caja. Lo que descubre la trastorna. La caja cae al suelo. “No”. Se arrodilla. Encerrada en una caja casi nueva, una pequeña muñeca. “La muñeca de Lilia”. Se sienta. No se encuentra bien. Esa hora. Esa niebla. Esa muñeca. Los recuerdos.

Era 26 de diciembre, su prima Lilia, un año menor que ella, bajaba corriendo las escaleras gritando que se había perdido su muñeca, el regalo de navidad del abuelo. Revolvieron la casa completa, acusaron a Lilia de haberla llevado al parque, cosa que negó jurando por el abuelo. No apareció. Alina se encoge al seguir recordando. La muñeca de Lilia dejó de importar horas después, cuando Pipo desapareció. En el afán de buscar la bendita muñeca, alguien dejó la puerta de la cancela abierta y su perrito escapó, arrastrando su correa de paseo. Sentada allí sola, rodeada de niebla y de nadie, casi puede experimentar la misma opresión de aquel día. Ahora la muñeca allí. Completamente nueva, en su caja original. “Como si la hubieran enterrado viva”. La bocina de un auto la interrumpe en sus pensamientos.

Se levanta de un salto. Un hombre de cabello cano, desde un modesto Citröen, suena el claxon mirando insistentemente hacia la casa. Alina corre hacia la puerta. Trabada. Paciencia, Alina. ¿Nunca llegaron a arreglar la cerradura? Pasarán al menos 15 minutos hasta acertar el  truco para abrirla. Al mismo tiempo escucha el motor del auto que se aleja. Mierda. Busca en su bolso el móvil para intentar llamar. Inútil. Yace dentro de su cartera sin batería.

La desesperación empieza a hacer mella en su habitual indisolubilidad. “Nada puede ser tan malo, Alina”. Para no achicar su ánimo, hay encontrar algo que hacer. El cajón. Coloca con cuidado la caja de la muñeca dentro del armario intentando sondear algún contenido adicional dentro del cajón. Palpa algo. Su posición actual no le permite explorar más. Decide, entonces, meterse completamente dentro del armario para mejorar su capacidad de maniobra. Le disgusta la idea de quedarse completamente encerrada al no poder sostener las puertas con una de sus piernas…pero… ¿qué más va a hacer estando ya encerrada? Ya lo tiene mentalizado, le toca dormir allí y al día siguiente, con luz, con ruido, con más fuerzas y personas circulando por la calle, le será más fácil pedir ayuda. Así, toda actividad, le suena buena antes de empezar a sentir que la situación se le va de las manos.

Ya plenamente dentro del armario, de cuclillas observa de frente el cajón. No puede sacarlo. Está trabado y es demasiado largo. Sigue metiendo el brazo intentando llegar lo más profundo posible. Una especie de malla. Logra alcanzarla. Lo que está tocando le asquea. Medias. Medias nylon usadas. Ásperas. Sucias. Malolientes. Salen tras halarlas, par tras par, atados entre ellas por nudos, volviéndose una especie de enredadera infinita que se cuelan trepando encima de sus piernas y brazos. El olor. Podría jurar que es el olor de la tía Tava. Alina sigue atrayendo hacia sí los andrajos que parecen no tener fin. “¿Cuándo te bañas, tía Tava?”, se le viene a la mente Toñito preguntando ingenuamente. Con aversión, logra arrancar el último jirón que sale liberando tras de sí el más podrido de los tufos. Se tapa la cara. El mismo olor nauseabundo de hace algunos minutos. Intenta salir del armario. Las puertas están atascadas. Son los nervios. Procura respirar. El aire putrefacto lo ocupa todo. Muy a su pesar llega a sentir pánico. Un pánico sordo, mudo. Sin embargo, de la misma forma que ya había cedido antes, la pestilencia se va suavizando hasta casi desaparecer.

Necesita oxígeno, luz. Arranca el cajón con fuerza. “¡Luego el cajón servirá para golpear y empujar las puertas!”. Le parece que, dentro del agujero, algo brilla. Luz en alguna parte. Ladea su cabeza para mirar de qué se trata. A lo lejos vislumbra la hebilla de un cinturón. Mete la pierna y con el pie, logra atraerlo hacia sí. La cadena de Pipo. Desconcierto. Trastorno. Caos. Aprieta los párpados. Entonces recuerda. Mientras la muñeca de Lilia repetía una y otra vez, una y otra vez… la insoportable canción que a todos enloqueció en sólo un día, Pipo no paraba de ladrar.

Dolor. Aborrecimiento.

En impulso infantil, junta las manos, temblando. “No voy a sentir más miedo, tía Gustava”- sostiene en voz alta. Le urge analizar fríamente su situación. “No, gritar, no. No va a servir” y, también, sí, lo tiene claro, a la tía Gustava le disgusta el ruido….



Cuentos Urbanos: Una historia sin papeles

Fotografía: Sara Zambrano PhotoStudio

Ruido. Lo que viene a su mente está vestido de ruido. Ruido de tapas golpeando contra las ollas en la prisa de unas manos ocupadas, el ruido del anuncio de Alka Seltzer en la radio, ruido de ventanas abiertas, ruido de pasos que vienen o van, que se encuentran o se desencuentran. Hasta la luz hace ruido. Ruido de voces, ruido de risas. Eso. Si alguien se atreviera a pedirle a él, que no es nadie, una definición de felicidad, diría eso: mucho ruido.

Eusebio Natera abre los ojos, la luz ya no hace ruido. Es una luz blanquecina, sobre paredes blanquecinas. ¿Cuándo cesó el ruido? Algo en su cabeza se atreve a calcular 64 años de silencio y “¡todavía no te acomodás, Chico Natera!”, logra reprocharse.

Se acomoda de nuevo en sus ojos cerrados. El ruido que más recuerda es el de la cocina, un ruido negro con blanco, del color de las baldosas acomodadas cual tablero de ajedrez y de las patronas mezcladas con las sirvientas en el único lugar de esa casa en donde las negras tenían la última palabra. Cuando calló la cocina calló su vida.

Cinco años tenía cuando su mamá murió. Los patrones se plantearon, al inicio, qué hacer con él y decidieron “quedárselo” por cariño y para los recados. Así creció, al calor de los fogones de la cocina, pateando calles entre mandado y mandado, escondiéndose detrás de los tamarindos para comerse el mejor de los mangos robado de la cesta de los postres. Le gustaba pasearse por los pasillos crujientes de la casa grande y ante los gritos exagerados de la negra Marcelina, encontraba la mano cariñosa de la patrona sobre su esponjosa cabeza, que sin decir nada le concedía el más selecto visado para continuar despreocupadamente su recorrido.

Pero un día los sonidos callaron. Quedó todo colgado en el aire, tal vez en el tiempo. Varias veces en su vida, no muchas, regresó a aquella casa grande, aún hoy rodeada de tamarindos y le parecía que todo estaba como suspendido, sostenido en el suspiro que lanzó la patrona antes de subir al automóvil que la esperaba.

Entre sueños escucha cerrarse la puerta del coche. No es capaz de mantenerse despierto mucho tiempo y más porque le ha dado por eso de cerrar los ojos. “Pero, ¿qué más vais a hacer, Chico Natera?” ¿En qué podría estar gastando su tiempo? Una mujer vestida de blanco entra a su habitación, le cuesta hacer ese tipo de memoria, pero recuerda que le han preguntado por su familia y entonces, solo, ante la amenaza de aquella enfermera caminando hacia él, hace lo único que le apetece hacer, cierra los ojos.

Desde el día en que partió la patrona, le quedó la sensación de haberse vuelto invisible. Poco a poco fue callando la casa entera, se fue llenando de telarañas y solo quedo él y un montón de hojas, verdes al principio, acumuladas en la gran entrada de la casa. Pasaron varios días, no es capaz de recordar cuántos, sentado en la entrada principal, pisando hojas secas, entrando y saliendo de la casa con un ratón más, esperando que alguien volviera.

Desde ahí el silencio, que nunca más se fue.

El hambre lo obligó a salir. Seguía haciendo recados en el día y volvía en la noche a dormir entre los descuidados jardines de la casa grande. Y así se le pasó la vida. Cuando cumplió 16 decidió que ya nadie volvería y se fue también.
¿Qué siguió?, se pregunta mientras abre los ojos por reflejo. Paredes, muros sucios, grafitti flotando cual largos fantasmas callejeros, bolsas de basura y un corredor infinito de calles oscuras que caminó elevado en sus memorias, como única compañía. Lo absorbió la calle. No lo tenía planeado, pero se dejó porque se dio cuenta de que no tenía más planes. Hoy no sabe decirse en dónde pasaba los días, de las noches sí, sí se acuerda claramente.

Le es más fácil recordar la noche porque le gusta tener los ojos cerrados. Desde que la Casa Grande dejó de ser su hogar y dejó de verse rodeado por esa cerca verde de metal que envolvía los jardines y a él mismo, no le interesa más el día. Eligió vivir en la noche porque podía imaginar mejor. A veces, recuerda, abría los ojos y le parecía seguir dormido, otras deambulaba por las calles simulando ser ciego, pensando que detrás de la espesa oscuridad encontraría un final más parecido al que alguna vez dibujó para él. El nacimiento del día le derrumbaba las creencias pero volvía a empezar en cada puesta del sol, como un pulgarcito siguiendo las primeras migas de pan para encontrar el camino a casa. 47 años en la calle.

Siete décadas a resumir en silencio.

Ingresó al Hospital General José Muñiz Amador con 70 años, hace 1 mes, por una contusión seria en la cabeza. Al momento de su ingreso sólo alcanzó a decirles a los médicos “Soy Eusebio Natera sin número de identidad” mientras se iba desvaneciendo. Recuerda que entre sueños le preguntaron “¿A quién debemos avisar?” y ahí es cuando le quitaron de cuajo las ganas de volver a hablar. Se convirtió en el segundo paciente olvidado de la sala de cuidados intensivos del José M. Amador.

Piden los doctores que les cuente que el día que llegó al hospital vestía jean azul y camiseta kaki, todo viejo, que tiene el alta hospitalaria y que si alguien lo conoce que avise a sus familiares o acuda al Departamento de Trabajo Social[i] del Hospital General.




[i] Diario El Universo, Sección Noticias, Jueves 7 abril 2016. “Olvido de familias afecta a 2 pacientes”

lunes, 28 de marzo de 2016

Cuentos Urbanos: Una Crónica Rota

Fotografía: Sara Zambrano PhotoStudio


        Elena dio un portazo. Tan fuerte que él y ella aún lo escuchan. Y corrió, corrió hasta cansarse, buscando llegar lejos de ella misma. Tal vez, todavía corre.

El día que María desapareció, Elena se había despertado temprano en su piso del centro. A veces se quedaba a dormir en casa de alguna amiga cuando se sentía sola.  Solía frecuentar la casa de María, hasta que su relación con Pablo empezó a volverse más seria y a María dejaron de quedarle noches para las amigas. Esa mañana, Elena se levantó con ganas de café, periódico y aire. Abrió todas las ventanas, buscó el periódico que solía deslizar el portero por debajo de su puerta, preparó café y se sentó en un montón de cojines que tenía en su pequeño balconcito para momentos como ese. Abrió el periódico y sin querer, se perdió en la crónica roja. Rara vez se detenía en ella. Esta vez le llamó la atención la noticia de un niño perdido a 7 cuadras de su calle, y siguió bajando la vista a otras noticias también desequilibrantes. Le disgustaba desilusionarse del ser humano de esa manera. Es más cómodo confiar que vivir en el desequilibrio que le produce la crónica roja.

Lo de siempre. Mujer asesinada en manos de su pareja. Accidentes laborales. Un colegio clausurado por el accidente de un alumno tras caerle una puerta encima. Cerró el periódico, molesta por su desliz. Sonó su móvil. Pablo. ¿Cuántas veces ha hablado con él por teléfono desde que empezó a salir con María? Esta sería la segunda vez en 2 años. Nadie sabe nada de María desde hace dos días. Una voz fría que no es la del Pablo que conoce le despliega un sin número de detalles. Confundida, trata de hacer memoria, ¿cuándo habló con ella por última vez? Darán aviso a la policía. La palabra “policía” la aturde, hace que todo suene serio, como en la crónica roja.

Camino a casa de la familia de María, Elena se encuentra con sus remordimientos, estaba enamorada de Pablo, esa es su verdad. Desde siempre. Desde mucho antes de María y Pablo o Pablo y María.  Calla a los remordimientos para llegar más rápido. La puerta está abierta, sabe a emergencia. Pablo. Pablo y los demás. La policía lleva 3 horas buscando a María. “Salió de su casa el jueves, a la hora de costumbre, dice el portero y no ha vuelto. Hemos esperado mucho”. Le parece que la madre de María se justifica con alguien o se culpa mientras se exculpa. Elena intenta apartar a manotazos la crónica roja de su mente.

Pasan horas. ¿Cuántas? ¡Qué corto se hace el tiempo cuando el silencio es largo! Nada. Pablo salió hace horas. ¿Son esas las que cuenta Elena? No, porque son horas cortas de espera no de desespero y se cuentan como abundantes minutos…demasiadas, a la falta de noticias. ¿A qué muerto estamos velando? Vuelve la crónica roja. Demasiado silencio.
Decide salir al jardín. Desde allí se ven los columpios del parque en donde sabe que juegan los sobrinos de María cuando van a visitar a los abuelos. Le tiemblan las manos. Los columpios le recuerdan que no conoce tanto a María. Es una amistad más de ganas que de tiempo. Ganas de ser amigas porque apetece, por lo mismo que uno se casa, porque encuentra en el otro, cosas que no sabía que se le habían perdido. Tantas veces han hablado de su infancia, compartido anécdotas como para incluir más a la una en la vida de la otra. Tiene amigas de la infancia, pero ninguna tan cercana como María. ¿Qué sentiría si María no volviera? ¿Qué recordaría más? Le vienen a la mente los grandes ojos azules. María, bonita no era, pero con esos ojos de azul indefenso había conquistado muchos corazones. Demasiados. Demasiados.

Baja a la calle, camina hacia el parque. María tenía que volver. Tenía que casarse con Pablo o, ¡mejor con otro! y jugar con sus hijos en esos columpios mientras sus padres los saludan desde la puerta de la casa. Le aturde que María empieza a convertirse en un fantasma. Sacude la cabeza y se sienta un columpio.

¿Cómo se conocieron? ¡María es envolvente! El recuerdo le hace gracia. Era época de saldos del verano, entraron en la misma tienda y halaron la misma falda. A punto estaba de soltar un argumento: “Yo la vi primero”, “A mí me queda bien el rosa”, “Yo soy más delgada” cuando vio unos ojos aguados y una sonrisa que la transportó a su primer día de guardería en que aquella niña simpática se le acercó sonriente, mirándola igualito y le dijo “¿Quieres ser mi amiga?”. Pues igual. No iba a decir que no esta vez. Se hicieron amigas y María se quedó con la falda rosa. Quedaron varias veces y no pasó mucho tiempo hasta que descubrió que María estaba completa, con todas sus defensas. La incompleta era ella. Eran muy parecidas, por eso congeniaron tan bien desde la primera limonada que salieron a tomar después de lo de los saldos. Lo que las diferenciaba era que María sabía querer y ella no, pero viendo a María aprendía un poco. María nació para ser feliz, lo único que descolocaba un poco ese concepto de felicidad eran esos ojos caídos de perro triste. Por lo demás, María era una perfecta explosión de júbilo constante.

Nuevamente una María fantasma. No. Cierra el pensamiento como cerró el periódico esta mañana y ve a Pablo acercarse a la casa en su moto. Maldita visión, alucinación de todas sus noches. María, María, María, repite como un mantra, desde hace tiempo. Toma aire y levanta las manos. Se da cuenta que Pablo habla por el móvil, todo como siempre. Demasiado natural. Hasta le parece que ríe. Vuelven a sudarle las manos. Piensa en la crónica roja. María. Fantasmas. Baja los brazos porque le hormiguean y se marea. Pablo la ha visto. Le parece que corre. ¿Corre hacia ella? No. Sacude la cabeza, desde el almuerzo del día anterior, sólo tiene un café en el estómago y ya dan cerca de las 6 30 de la tarde. 

La voz de Pablo siempre le suena algodonada. ¿A ella o a todo el planeta? Los recuerdos y la ausencia de María le habían dado frío pero al oír a Pablo siente tibieza, la misma sensación de cuando su padre la arropaba cuando se quedaba dormida en el sillón del salón. Por esa sensación supo que estaba enamorada y que no se le iba a pasar fácilmente.
¿Sonreíste, Pablo? Desde lejos, me pareció que sonreías. ¿Por qué no estás preocupado, Pablo?, como todos. Angustiados. No hay noticias todavía o ¿algo sabes? Pablo mueve la cabeza, le parece que duda. Tiene los ojos fríos. Quiere estar solo. La voz de algodón se aleja.

La frialdad de Pablo la desubica. No es él. Nuevamente la crónica roja. ¡Por qué tuvo que leerla justo esta mañana! Entra a la casa.  Silencio desesperante. Sus tacones sobre la madera suenan   escandalosos. Todos levantan la mirada y se fijan en ella. Sólo ahora se da cuenta que no conoce a nadie. ¿Dónde está Pablo? Sigue caminando y le pesa cada uno de sus pasos hasta que el suelo se vuelve de cerámica y no oye más sus tacones. Al final del pasillo, en la biblioteca, humo. Pablo.

Adivina su presencia. “Pregunta”, le dice de espaldas. “¿Por qué no estás triste, Pablo? ¿por qué?” A ella misma le suena a reproche. “Quiero a otra”, contesta seco. Palabras dichas así podrían cortar hasta el más afilado de los silencios.

Elena se encoge. Empequeñece. Enmudece. Embrutece. Estás de espaldas, Pablo ¿qué mirada tienes? ¿Dónde está María? ¿Dónde está el aire? “Pregunta ¿quién es?” Le tiembla la quijada. Le falta el aire. Recuerda que esa mañana amaneció necesitando aire. Tiene que salir corriendo. Retrocede. Maldita crónica roja. Tropieza. “Pregúntame quién es”. Siente que sus piernas van a dejar de responder de un momento a otro. Corre a través del pasillo, a través de la sala, sus tacones, más escandalosos ahora, explotan en el silencio de la madera.

Elena dio un portazo. Y corrió, corrió, tal vez todavía corre, dejando en Pablo la estela de duda… ¿llegó el portazo a apagar su voz a tiempo?

martes, 22 de marzo de 2016

Cuentos para Adolescentes: Barba Roja

Fotografía: Sara Zambrano PhotoStudio
Esta es la historia de un caballero de barba roja que no tenía corazón y de un ave que un día descubrió el amor.
Resulta que hubo una vez un caballero, de rojas barbas, al que un día, en sus años de infancia, alguien, no se sabe quién, le quitó el corazón. Se acostumbró a vivir sin más emociones que las que sus ojos le dejaban percibir, tenía ansias de sentir y, por su buen talante, algo llegaba a percibir pero al no tener corazón, las emociones morían antes de llegar a convertirse en algún tipo de sentimiento.
Conoció este caballero en alguna de sus andanzas a una dama a la que en seguida convirtió en su fiel compañera. En el día, acostumbraba a salir a andar y desandar los caminos del reino con la esperanza escondida de encontrar algo que lo despertara de esa especie de letargo de insensibilidad en la que se hallaba atrapado sin él entender la razón. Al ponerse el sol volvía a su casa con su eterna compañera con quien se sentía seguro y cobijado. Llegaba con la penumbra pisándole los talones y sin hacer otra cosa, buscaba el regazo de su dama, apoyaba su cabeza buscando unas manos tibias que le desenredaran los pensamientos.
Un día como cualquier otro, el caballero de nuestra historia, salió de su casa dispuesto a continuar la búsqueda hacia el despertar de sentimientos que tanto ansiaba conocer. Caminó largo tiempo, se cansó y buscó refugio bajo la sombra de un almendro. Con la mirada perdida, de pronto algo llamó su atención: una sombra de inusual perfección se extendía a pocos metros de él, levantó la vista al cielo buscando la proveniencia de tal sombra y su mirada se encontró con una preciosa ave, su plumas de un blanco impecable brillaban al contacto con los rayos del sol. El ave magnífica capturó su atención al observar un perfecto movimiento de alas, surcaba los cielos como en un delicado baile en solo; pero así como había llegado, se perdió entre las nubes volando alto, muy alto. Aquella tarde llegó el caballero a su casa con una inquietud inusual, buscó, como todas las tardes el familiar regazo de su compañera pero se descubrió soñando con el recuerdo de unas brillantes plumas.
Al amanecer, decidió caminar por el mismo sendero recorrido el día anterior pero esta vez decidió prestar mayor atención al cielo a ver si tenía la suerte de volver a ver a aquella ave. Pasado el mediodía, ya cuando había perdido la esperanza de volverla a ver, el suelo volvió a cubrirse con una sombra perfecta. Si hubiera tenido corazón hubiera podido sentir acelerados sus latidos. Levantó sus ojos al cielo y ahí estaba nuevamente, el mismo brillo en las plumas, la misma gracia e igual de inalcanzable, la vio nuevamente perderse entre las nubes.
La historia se repitió todos los días durante treinta amaneceres y atardeceres. La misma rutina al salir el sol, al medio día el encuentro desde lejos, con el ave, y al ponerse el sol, el regreso a casa a continuar soñando con el recuerdo de aquellas brillantes plumas.
El siguiente día, salió a su encuentro con el cielo, como ya era hábito. Aquel día el calor veraniego había sido más intenso de lo normal y al ver que el ave no aparecía, decidió refrescarse en las aguas de un estanque cercano. Allí se encontraba, entre bebiendo y empapando su rostro, cuando vio la superficie del agua cubrirse con una sombra que le era familiar. Casi temblando, nervioso pudo ver al ave posarse sobre el agua tan graciosamente que quedó fascinado, la observó sin parpadear quién sabe por cuánto tiempo hasta que ella, satisfecha con la frescura del agua,  levantó vuelo para perderse nuevamente entre las nubes.
Cruzando los dedos para volver a repetir la experiencia, volvió el caballero al otro día. El calor era mayor aún y poco tuvo que esperar hasta ver al ave aparecer. Pero – esta vez  - se dijo – no dejaré que se vaya. Tomo valor y se acercó. Nunca había tenido el ave a ningún ser humano tan cerca de ella, siempre había levantado vuelo antes de permitir un contacto con algo o alguien; y eso estaba a punto de hacer cuando sintió una de las manos de aquel extraño posarse sobre una de sus alas. Pudo haber volado igual, pero no lo hizo. Nadie sabe si sintió miedo o la extrañó aquella sensación cálida al contacto con sus plumas. Se quedó, y a partir de aquella tarde, el encuentro se repitió cada uno de los días del resto del verano. Poco a poco, caballero y ave se devenían más cercanos, pudieron jugar y entenderse sin más idioma común que la presencia de uno y otro, tan distintos, tan distantes sus realidades y tan cerca que se sentían el uno del otro.
Ya no era sólo el caballero quien esperaba con ansias llegar al estanque, el ave también volaba lo más rápido que podía a su cita de todas las tardes. El ave había descubierto un sentimiento reservado sólo a los humanos. Tantas emociones juntas que, de haber tenido corazón el caballero de las rojas barbas, podrían prontamente haberse convertido en sentimientos.
Un buen día de aquellos, ya el agua se había vuelto fría, ya los rayos del sol perdían calidez ante las pellizcosas brisas que anunciaban el inicio del otoño, el caballero se presentó como de costumbre pero el ave no apareció, esperó él y desesperó también y unas horas después ya sin paciencia ni esperanza, resolvió regresar a su casa. Cuál no sería su sorpresa cuando, en medio del camino de regreso a su hogar se encontró con el ave que yacía en el suelo herida. Con nervios comprobó que vivía, la tomó en brazos, y buscando refugio en una cueva cercana, comprobó que tenía una patita rota; juntó hojas y ramas logrando inmovilizar y calmar el dolor. Me quedaré contigo – le dijo – mañana ya podrás caminar, es sólo un rasguño- y con el cariño del que era capaz al no tener corazón, trató de darle calor acercándola hacia sí.
Ya muy entrada la noche, cuando él dormía profundamente, el ave tomó forma humana y transformose en mujer. Curiosa, en sus nuevas formas humanas, se levantó para observar a su compañero dormido, por fin podía posar su mano sobre la de él, por fin pudo acariciar el suave rostro y casi sin saber hacerlo, se acercó y posó una imitación de beso humano sobre su frente. Él, más dormido que despierto, vislumbró la silueta de la bella mujer que le resultó familiar y con tibieza y sin ninguna timidez correspondió al beso que le habían dado.
Al día siguiente, nuestro caballero se despertó con frío, extrañado de amanecer en aquella cueva en lugar de en las cálidas frazadas de su cama. Recordaba haber visto en sueños a una mujer, pero en su lugar descubrió al ave tendida a su costado y tuvo miedo. Sintió que ese no era su sitio, sintió que el ave se le tornaba extraña, sintió necesidad de correr. De pronto el ave que había sido su amiga durante tantos meses se volvía un monstruo del cual necestaba huir. Se acomodó los zapatos y corrió, huyó sin mirar atrás, espantado de esa sensación de pánico que de pronto lo invadía. Casi sin respiración llegó con los rayos del sol del nuevo día a tocar la puerta de su eterna compañera, colocó, como siempre la cabeza en su regazo y tuvo la sensación de espantar todos los monstruos que lo habían perseguido en el regreso a casa.
Mientras, el ave al despertar descubrió que su amigo se había marchado, le costó levantarse, aún con la patita lastimada. Cuando pudo ponerse en pie, en lugar de abandonar la cueva y retornar a su nido, se posó a la entrada de la cueva durante tres días y tres noches, esperando que el caballero volviera, pero éste nunca más apareció. Con un peso en el pecho y dolida, levantó el vuelo mas ni siquiera sus magníficas alas pudieron sostenerla. Cuando sintió desfallecer, a pesar de su recia voluntad, no pudo más que pararse en un claro del bosque y, sin entender qué pasaba dentro de sí, se puso de rodillas sólo para ver que, con la naturaleza atónita como testigo, daba a luz a una pequeña de cabellos rojizos de cuya espalda se desprendían dos brillantes alas.
Una vez más el ave había sido tocada con un don que sólo se concede a los humanos.
Sin fuerzas el ave parecía pedir descanso a su creador pero la pequeña niña que había salido de lo más profundo de su ser, la recogió como sus fuerzas pudieron y montándola encima de su espalda la llevó muy alto hasta que ambas se perdieron entre las nubes.
…Y dicen los caminantes que recorren hoy esos senderos que a veces cuando el sol calienta se vislumbra entre las nubes la pequeña silueta de una niña cargando un ave en sus espaldas.








Cuento para Adolescentes: El Guerrero que no llegó para quedarse

Fotografía: Sara Zambrano PhotoStudio
Hace mucho tiempo en un país no muy lejano, vivía una princesa china, nació con el don de encantar el alma de todo aquel que osara mirarla. Su belleza era perfecta: ni tan bella como para opacar a otras sino más bien tan discreta que al observarla en lugar de  empalagar, reconfortaba el espíritu. Eran tiempos tibios en aquellos meses, el otoño poco a poco cedía paso a días más fríos y mientras el paisaje cambiaba a días grises, el aya adaptaba los atuendos de la pequeña a los días venideros, la mamá de la princesa esperaba inquieta…
Años atrás, había llegado a sus oídos la leyenda de un guerrero de fama confusa que recorría solitario campos y ciudades. Creía recordar que alguien le había hablado él como el mejor de los caballeros e incluso en alguno de sus sueños creía haberse enamorado un poco sin conocerlo y sin embargo, a alguna parte de ella le intimidaba; recordaba haber escuchado a su tía y a su madre comentando “Dicen que se roba el espíritu de quienes se atreven a acercarse, por eso está solo y condenado a vagar por el mundo acompañado del espíritu de su guardiana, una doncella extranjera”. La noche anterior, un ángel se le presentó en sueños y le susurró al oído “El guerrero está cerca, ha escuchado hablar del don de tu hija y viene a enfrentarla pero tu hija vencerá” y sin decir otra cosa se marchó, diluyéndose entre la oscuridad, tal como había llegado.
La mamá de la princesita retorcía, deshacía, repetía las palabras del ángel para poder entenderlas mejor y, sin poder hacerlo, cada día su inquietud era más intensa.
El ángel empezó a aparecer en sus sueños “El guerrero está cerca”, le decía y así lo hizo durante 14 días. El día número 15 el ángel se le apareció esta vez montado en un rayo de luz del medio día “El guerrero ha llegado pero, recuerda, esta no es tu guerra”.
¿Guerra? ¿Quién había hablado de guerra?  La princesa era una niña, ¿cómo podía librar una guerra? El espíritu de mi hija es fuerte – pensó – le prestaré mi cuerpo para la batalla. Y con la valentía que sólo tienen las madres, arregló un pequeño zurrón con lo indispensable para la pequeña para emprender juntas el camino para buscar al tan anunciado caballero. Mientras iba pensando en qué harían cuando lo tuviesen delante (¡a lo mejor se cruzaban con él en medio del camino sin saber, a lo mejor hasta podían huir para no enfrentarlo!), una sombra las cubrió por completo. Por instinto tomó a la niña en brazos para protegerla y levantó la cabeza; de pie frente a ella encontró a un hombre que le sonreía y lo reconoció, al verlo entendió que la princesa no corría peligro porque ella era más fuerte que él y recordando las palabras del ángel “El guerrero ha llegado pero esta no es tu guerra”, sin decir una palabra, le dio un beso a la pequeña en sus regordetas mejillas y se apartó.
Con curiosidad el caballero se agachó a observar a la niña, había escuchado tanto de la famosa princesa china, del don de encantar las almas de quienes se detuvieran a mirarla, un don tan parecido al suyo propio que le había generado curiosidad, ni él mismo sabía qué haría al encontrarla: ¿intentaría enfrentarla? ¿anularla? ¿vencerla? Pero nada tuvo que hacer pues de repente vio a la niña sentarse en el suelo curiosa a jugar con las piedritas de colores del camino totalmente ajena a lo que a su alrededor sucedía.
A la madre que observaba de lejos, de pronto, le angustió una duda, la dureza en la mirada del guerrero podía sofocar el don de la princesa y le dolió intensamente el daño que pudiera sufrir. A punto estaba de salir del escondite cuando, con gran sorpresa, vio al guerrero caer de rodillas frente a la gentil princesita que, sin entender lo que pasaba solamente le sonreía. ¡Qué has hecho – musitó – te has acercado a mí, más de lo que permito a nadie y aún sin tocarme has logrado arrancarme el corazón! Temiendo lo peor, la madre de la niña salió de su anonimato y acercándose por detrás del guerrero, intentó apartarlo de su hija pero el caballero era tan fuerte que ni siquiera se percató de la presencia de la madre y con un movimiento que ni siquiera él notó, la lanzó lejos.
Ya sin corazón, el guerrero buscó la ayuda del espíritu que lo acompañaba. Llévame -le pidió- lo más lejos posible, donde nadie jamás se entere de lo que ha sucedido y dirigiéndose a la pequeña, invadido por un intenso dolor en el lugar donde antes estuvo su corazón, logró balbucear: “Devuelve mi corazón cuando no lo necesites más” y herido, partió, en brazos de su guardiana a un lugar donde ya nadie supo encontrarlo.
Recuperada del golpe, la madre se levantó, abrazó a su pequeña sin tener muy claro lo que había sucedido, todo había pasado delante sus ojos con una rapidez insólita. Cobijó a la niña y al emprender el camino de regreso a palacio se dio cuenta que flotaba en el aire, sus pies no lograban tocar el suelo al caminar, estaba más ligera. El caballero sin saberlo siquiera, había robado su espíritu.
Sin espíritu ya, sintió ganas de llorar pero recordó que sin espíritu no se puede llorar, sin embargo, una última lágrima que había quedado almacenada en sus ojos rodó por su mejilla, la princesita al ver a su madre llorando le preguntó qué le pasaba “Me he quedado sin espíritu”, le contestó.
Al ver a su mamá tan triste, la niña abrió su manito y, ¡oh sorpresa!, ante los ojos perplejos de la madre y con mucha delicadeza, colocó el corazón del guerrero en el lugar en donde todas las mamás guardan el espíritu.
Y colorín colorado….