martes, 26 de febrero de 2019

El último viaje a casa

Hace una semana amanezco dando la espalda a esta torre que ha sido el paisaje que escogí hace 15 años para vivir mi vida de hombre hecho y derecho. En un piso 18, decidí no tener cortinas, esperando que al abrir los ojos Tokio invadiera la estancia para no dejar cabida a ninguna nostalgia mal acomodada. Pero hoy, echo en falta las cortinas. Cerrar los ojos no me basta para dar cabida a los recuerdos de ese último viaje. Necesito un cuarto más grande. Una ciudad entera. 15 años más.
Ella ya no está. Eran las 8h07 cuando llamaron. Desde ese momento, mi habitación se volvió un parque temático lleno de montañas rusas, norias, casas embrujadas y payasos sin gracia. ¿Cuánto falta para que vuelva a anochecer?
Hace un mes decidí emprender un viaje premeditadamente postergado por más de una década. La visita de un conocido de antaño, me ayudó a colocar las piezas que le faltaban a las razones de mi viaje: “Todo está muy cambiado, deberías ir”, me dijo al saludarme. Luego, al despedirse, haciendo una pausa larga, me dijo: “Mentira. Todo está igual, deberías ir”.
Después de mucho pensar, me vi de pronto recorriendo esa carretera nueva que no conocía, que parece estar en continuo desafío con el mar. Sentado al volante del coche de alquiler, vi colocadas al lado izquierdo, las mismas casitas, los mismos carteles con publicidad de los años 90 que me sorprendieron recitándolos de memoria y me extrañó que la construcción de esa carretera no se los hubiera llevado por delante. Por el lado derecho, me enceguecí con un azul penetrante. Mar y más mar. Las mismas olas que me sabía de memoria. Llevaba poco equipaje: cuatro camisas de manga corta, cuatro pantalones de vestir, dos camisetas, dos pantaloncillos. unas chanclas y un par de mocasines. Una muda bastante conveniente para justificar lo corto de mi estadía.
Así, mientras iba pensando en mi coartada de escape, notaba como mis pensamientos se deslizaban como las ruedas del coche, a 100 km por hora, por esa vía de vientos salados que se abría en cámara lenta a pesar de la velocidad, permitiendo mi entrada a ese mundo de cielo pálido que imperceptiblemente se va mezclando con el mar, justo en el punto exacto de respeto a la lógica.
A ese punto de mi viaje, daban las 10h00 de la mañana. Después de 20 horas de vuelo entre varias escalas, había aterrizado a las 5h00 de la mañana en Guayaquil. Mientras la ciudad empezaba a inundarse de luz y calor, tomé con un café, un tanto de valor para acercarme hasta las diversas oficinas de alquiler de coches. Escogí uno que me permitiera reconciliarme con mi consciencia, uno pequeño, poco vistoso y a las 7h30, mirando el Google Maps, decidí tomar el camino más largo hacia San Pablo, para empezar mi verdadero viaje.
Si mis cálculos eran aún correctos, la hora del panel del coche, indicaba que estaba a poco de llegar.
Tenía que parar para estira las piernas. Me paré justo en ese punto que conocía tanto. Allí la playa lo llena todo, sin casitas curiosas frente al mar. Sólo la playa, el mar y yo. Dejé que el viento volviera a peinarme al estilo de antaño. Miré dentro de ese mar que domé cual toro salvaje con un pequeña tablita de balsa que me regalaron los pescadores en unos de mis cumpleaños. Dejé entrar en mis pensamientos la sal que se resbala en el aire y caminé hasta la orilla para dejarme lamer los pies. Encontré la misma tibieza en esas aguas que hasta los pescadores respetan como a un imprevisible dios pero que conmigo siempre fueron las amigas más amables.
Y allí estuve por varios minutos.
Subí al coche. Ya nada se atravesó en mi camino. En menos de 8 minutos tuve nuevamente ante mí, esa plaza para fiestas comunales con su pequeña glorieta hacia el mar, un poco rejuvenecida, pero la misma. Algo se me arrugó por dentro al ver las barcas de los pescadores en la orilla. En un momento de poca lucidez hasta me parecieron, también, las mismas.
Allí dejé el coche, aparcado discretamente junto a un carrito de helados. Necesitaba hacer el recorrido a pie. No sé si para revivir los caminos olvidados o para dilatar el momento. Subí por esa calle polvorienta y por más que traté y trato ahora, no logré imaginarla pavimentada.
Embutido en mi chándal de viaje, me sentía sumergido en una burbuja de humedad, temblores y arena. Las mismas caras bastante envejecidas. Los mismos niños con narices más grandes y tamaño de adolescentes.
Imaginé que alguien habría alertado ya de mi presencia.
Torcí a la izquierda. Me encontré. Me quedé parado al inicio de la calle, mirando a aquel niño de pantalones cortos e ideas sencillas que, de la nada, emergió y salió corriendo sin mi permiso. Tan claro como aquel mismísimo momento, lo vi correr hacia esa fachada gastada, tocar la puerta con ansias, pidiendo un “maduro lampreado”(1) porque se moría de hambre. Alguien debió haber escuchado los golpes porque la puerta empezó a a abrirse tímidamente.
Así, soportando el calor que empezó a bañarme y unos golpecitos que venían desde el interior, la vi aparecer. Lo que se me hubiera arrugado, se me desarrugó. Pude descubrir debajo de esos cabellos blancos, nuevos para mí, de esas manos más manchadas y arrugadas, que se abrían paso como hurgando en las ranuras de la madera, los mismos ojos de mi entera existencia.
Con una voz silenciosa, rumiante, al tiempo que me acariciaba y desmembraba con su presencia 15 años de practicidad y ausencia, me susurró: “Sólo te estaba esperando”.
Desde esta cama fría de este Tokio frío, me acurruco en los recodos de ese último viaje a esa casa llena de ella, tratando de sacudirme de esa llamada de las 8h07. Mañana estaré mejor. Supongo.
Tokio… Fuente
Carretera…
Mar…
Pescadores…
Puerta…
(1) Maduro Lampreado. Fuente

Llévame contigo a jugar

En mi afán de buscar un punto de partida, ese santiamén determinante en el que se tuerce o se acomoda el destino, me sumergí, acompañada de mi madre en esas conversaciones hasta las 3 de la mañana, en la historia que a continuación voy a relatar.
Corrían los años 20 en la efervescente ciudad de Quito, sus calles de empedrado colonial se agitaban ante los vientos revolucionarios de 1925. Con las nuevas ideas desfilaban nuevas gentes, nuevas figuras políticas que se convertían en el centro de atención de la curiosa y siempre elegante sociedad quiteña que a pesar de la crisis económica que golpeaba desde hace años el país, continuaba vistiendo abrigos de piel para asistir entusiasta a la diversidad de teatros y cines que inundaban la pequeña capital.
Esa ciudad rígida y formal que cerraba sus puertas a cal y canto a las 6 de la tarde, dejando abandonados a su suerte a tunantes y fiesteros que a las 8 de la noche intentaban llegar a suelo seguro después de batirse a duelo con todos los personajes de las leyendas populares y con las circundantes quebradas, fue la ciudad que parió la vida de dos hermanas que nacieron con once meses de diferencia, tan cercanas en edad y parecido físico, que más de uno pensó que eran gemelas.
Las dos hermosas. Una de tez morena, ojos marrones cálidos y buenos; la otra de tez blanca, ojos verdes y penetrantes, ambas de brillantes cabelleras negras. Crecían la una al lado de la otra sin necesitar más compañía que ellas mismas. De familia reconocida, se perdían solas entre los grandes apellidos y los largos corredores de esa casa-hacienda que era su hogar.
Me contaba mi abuela, que la hacienda perteneció a las hermanas Heredia. “Las pobres se volvieron locas porque desde la ventana pudieron ver como la multitud enloquecida arrastraba al Presidente Alfaro para llevarlo a la hoguera que acabó con su vida. Desde ese día se las llevaron y pusieron en alquiler la hacienda”. Y así, los largos pasillos, las pequeñas plantaciones frutales de la hacienda Heredia, servían de escenario de historias inventadas. Las niñas trepaban a lo árboles, la una encubriendo a la otra cuando las descubrían en alguna travesura poco digna de las niñas de la época. A veces se levantaban en medio de la noche y conversaban largas horas asomadas a la ventana que daba a lo más profundo de la oscuridad, sin llegar a temerle.
Eran años en que los niños vivían entre sombras, invisibles al mundo serio. Y así, frente a los adultos, hacían silencio. Guardaban las risas y la imaginación para ellas. Su madre y su padre solían deambular por la casa confundiéndose con los demás fantasmas, flotando igual que flotaban los personajes de la familia a los que sólo conocían por relatos ajenos. De vez en cuando, en algún momento de la jornada, su madre les regalaba una sonrisa que ellas tomaban como la mejor medalla recibida por haber rezado el rosario completo sin quejarse de dolor en las rodillas o por haber almorzado sin emitir sonido alguno.
Se conocían la una a la otra, no conocían más. Se complementaban. Los miedos de la una eran las fortalezas de la otra. Hasta ese día en que se les derrumbó el mundo. Ese día vieron a su madre más fantasma que nunca, flotar por encima de las sombras con un vestido azul vaporoso, deslizándose por los pasillos sin mirar atrás. Desde el cuarto de rezos la vieron salir y nunca volver.
Los días que siguieron entre la indignación y sorpresa de ese padre mujeriego, les supieron a invierno. Una de las noches en las que se levantaban a contar las estrellas, escucharon a su padre y a sus tías conversar: “Dos niñas son mucha responsabilidad. No podemos hacernos cargo de las dos. Una de ellas debería irse con Guillermito”. Se abrazaron y temblaron por primera vez llorando juntas sin intercambiar una sola palabra.
Así, resolvieron separarlas, dejando a una al cuidado de las 3 tías solteronas que gobernarían su abandonada casa y a la otra, al cuidado del hijo mayor que hacía poco había contraído matrimonio y ya tenía casa que ofrecer. Ambas fueron arrojadas a vivir como huéspedes inoportunas, sin padre ni madre, adaptándose a normas de casas que jamás pudieron llamar “mía” y a pesar de los eventos familiares en los que ciertamente se veían, el contacto, la empatía y la complicidad se fueron diluyendo hasta verse convertidas en dos simples parientes.
Ambas crecieron adorando a su padre, como se acostumbraba entonces. La una como única niña en medio de tres beatas oscuras que se espantaban de todos y entre salmo y salmo condenaban al vecindario quiteño por sus vicios y ligerezas. La otra como niña prestada, rodeada de cariños compasivos, siendo espectadora condescendiente de hermano, cuñada y sobrinos que buscaban en ella a la cómplice discreta y silenciosa, aprendiendo a ser feliz entre las ocurrencias de su cuñada y los pretendientes que iba cosechando por lo bonita que era.
Pasaron los años y cada una escogió un camino de vida radicalmente diferente. La una con amargura en el alma, la otra buscando algo de cariño que le perteneciera.
Sesenta y cinco años pasaron hasta que se volvieron a encontrar la una junto al lecho de muerte de la otra. “Tú eres buena”, le dijo, mirándola con esos penetrantes ojos verdes…”Debiste llevarme contigo”…

Sucedió un Viernes Santo


Se vio sentada en el mismo balcón frente a la Plaza de Armas. Su mente sumó y restó: treintaisiete años. Observaba junto a sus hijas, como aquella vez, la puesta en marcha de lo que sería la procesión del Viernes Santo. La recordaba colorida, bulliciosa, el trajín de comerciantes vendiendo velas, banderines, cremoladas, el chin-chin de las ollas de los puestitos ambulantes, el hervidero de curiosos comprando confites tradicionales.
Se le espeluznó la piel. Hacía algo de fresco y aunque en la estancia se estaba muy a gusto, sintió necesidad de ponerse la chaqueta. Las camareras corrían atentas repartiendo vino caliente, té macho y otros antojos. Todo sabía a fiesta, igual que entonces.
Cayó en cuenta de aquellos recodos de su vida que había guardado para ella. No habría querido guardar mayores secretos, pero se había acostumbrado a una particular soledad y no sabía hablar de sí misma. Habría querido advertirles a sus hijas que no era su primera vez en esa ciudad, que ya tenía recuerdos de ese balcón.
Su hija mayor se acercó contenta y la besó: “¿Te está gustando?”. Asintió acariciándole la barbilla. El momento tibio le punzó el corazón. Desde hacía rato los recuerdos la trastornaban. Había tenido la misma sensación hurgar entre fotografías antiguas cuando los recuerdos se pelean unos con otros por salir a borbotones. Ese beso le domó la angustia que se le había producido desde que empezó a subir las escaleras.
“Imposible”. La fachada del nuevo restaurante la engañó al inicio pero una leyenda impresa en el menú terminó por golpearla. “Sirviéndolos desde 2004 en donde, hasta mayo de 1980, funcionó la tradicional Cafetería Roma”.
…Aquella noche, había decidido olvidar las razones que la habían llevado a Ayacucho. Se había dejado contagiar por el entusiasmo reinante. Dos semanas antes, había dejado atrás su tierra. Sus pensamientos estaban en Quito, en la bendición de su madre y el beso en la frente que no le dio a su hija al despedirse. Era la primera vez en quince días que se permitía olvidar, deslumbrada por el color de las alfombras de flores y el familiar olor a incienso. Subió despacio las escaleras del Café Roma, pidió un café y se sentó en una esquina silenciosa.
Los recuerdos le debilitan las fuerzas adquiridas en treintaisiete años. Se mira las manos para recordar que ya no es la chiquilla huidiza de veinticinco. Observa a sus hijas, felices, brindando con un par de “calientes de pisco” mientras a ella se le desborda el pasado.
…Con su taza de café calentándole las manos, observaba embobada los últimos coletazos del paso de la Virgen. “No te vayas todavía”. Levantó la mirada y lo vio instalado en su mesa. Le sonrió. A penas alcanzó a abrir la boca para decir “No”.  “¿A qué le dices que no, muchacha?”. Intentó adivinarle la edad. Cuarenta. Quizás algo menos, la barba lo envejecía. “No me preguntes el nombre, sólo hazme compañía”. Le encendió un cigarrillo.
… La noche en el Café Roma duró lo que dura la noche del Viernes Santo en Ayacucho. Dio para conversar de paisajes, de infancia, de esperanzas, de vínculos y vacíos. Y así, poco antes de las cuatro y media de la madrugada, tal como llegó, se fue. “Gracias por el viaje”, le dijo mientras le besaba la mano. Desapareció escaleras abajo diluyéndose entre el humo de su cigarrillo.
Casi cuarenta años después, regresa su mirada, igual que aquella madrugada, tratando de verlo regresar. Cierra los ojos, el olor a incienso le devuelve la agitación.
… Dejó la propina sobre la mesa. Caminó por los soportales y siguió calle abajo hasta su modesto hotel. Se cuidó de cerrar la puerta con doble llave. Se cambió de ropa, cerró las cortinas y se acostó con miedo y soledad. Los ecos de los petardos duraron hasta la primera luz. Se levantó. Se duchó con agua helada y salió en busca de pan caliente como hacía en su natal Quito.
… En la Plaza de Armas la multitud hervía. Por instinto miró el reloj: 8h20 del Sábado Santo. Pasó de largo haciéndose a la idea que los excesos de la noche anterior todavía daban sus coletazos. No encontró pan en ningún sitio. Al volver, la multitud no se movía. El silencio invadía la plaza. Se acercó a la puerta de la Catedral en donde se concentraba la muda masa. Un hombre yacía boca abajo con la cara del lado y los ojos abiertos. Se quedó petrificada sintiéndose más extranjera que nunca y fue parte de esa masa mansa, domada por el terror.
…Un silbido le rozó la oreja. “Ándate pronto, te vieron con él”. El desconcierto la tambaleó y al darse la vuelta, una capucha azul se alejaba abriéndose rápido paso. Tratando de dejar de temblar, llegó al hotel, tomó su bolsito, dejó el pago de la noche sobre la mesa y se fue. Camino a la estación veía gente bajar a la plaza con prisa, le dio la sensación de que era la única caminado a contramano.  
…El autobús hacia Lima estaba pronto a partir. Subió sin comprender nada pero recordó al de la capucha azul y no se hizo más planteamientos.
…El paisaje verde fue dejando atrás Ayacucho. Se enteró de lo sucedido por los comentarios de mitad en quechua, mitad en español de los viajantes. Era Marcel Dulanto, Arequipeño de treintaicinco años, profesor de la Universidad de Huamanga, miembro hasta el Miércoles Santo del PSDP-SL*, había hecho pública su renuncia al partido por “profundas discrepancias” con la dirigencia…
Miró a sus hijas y experimentó la misma sensación de supervivencia de cuando tomó el autobús hacia Lima. Encendió un cigarrillo, se levantó de la silla, caminó hacia ellas y abrazándolas les dijo: “Voy a contarles una historia… Sucedió un Viernes Santo…”
*Nota1: En Mayo de 1980, El Partido Socialista del Perú Sendero Luminoso realiza su primera intervención violenta, quemando urnas electorales en el pueblo de Cushi dando inicio a dos décadas de cruenta violencia en Perú.

miércoles, 16 de noviembre de 2016

El Puente sobre la Maine

Fuente: http://es.123rf.com
Anne seguía siendo virgen. Tenía 25 años. Conocía feas que ya desde los 17 se jactaban de sus conquistas. No era fea. No era fácil ni tampoco difícil. “Quizás, simple”, se decía aquella mañana mientras se miraba al espejo acomodándose el cabello tras la oreja derecha y soltando un mechón rubio para que cayera sobre el ojo izquierdo prolongándose hasta que se perdía a la altura de los hombros. Opaca. Invisible.
Se levantó suavemente de la silla que la enfrentaba al espejo. Aprovechó para analizarse una vez más. No era su ropa, tampoco sus ideas, era ella. Era gris. Mínima.

Como siempre le vino a la mente el último libro en alemán que leyó en la carrera. Jean Baptiste nació sin olor, ella, sin color. Mientras tanto, iba agarrando sus cosas y de reojo se miraba al espejo, como esperando verse con ojos más benévolos, pero sólo lograba fortalecer esas convicciones que se le estaban moviendo desde tiempo atrás, así que casi terminó de mal humor. Así le pasaba siempre que se observaba más de lo estrictamente necesario.

Había planeado ese momento desde hacía tanto. Quizá desde que se dio cuenta de que el mundo era más amplio que su simpleza. Crecer le dolió. Nunca estuvo lista y sin embargo, en algún punto de su historia personal se sintió arrojada del verano al otoño a un mundo de idiomas y gestos que todos parecían captar y ella no. ¿A qué clase faltó y en qué momento? ¿Por qué todos parecían siempre preparados y ella no?

Esa carrera empezó en el otoño número trece, cuando se sentía aferrada a un “algo” de lo que sus contemporáneos parecían querer constantemente sacudirse. Fue la primera vez que se sintió mínima, desencajada e invisible. Alguna vez conoció el amor, pero este ni siquiera regresó a mirarla. Sus historias se limitaban, entonces, a callarse ante las pícaras anécdotas de sus amigas que habían empezado a mirarla con verdadera pena.

En algún momento pensó que tal vez debía probar otras alternativas de género. Pero ni eso. Ni hombres, ni mujeres, ni viejos, ni jóvenes. Era ella, otra vez, la sombra de Jean Baptiste.

Lo decidió. Un día probándose ropa en H&M, le pareció todo grotesco y simplemente, terminó de encajar las piezas que se le presentaron. Desde niña supo cómo y dónde. Sólo esperaba a cansarse un poco más.

Y ahí estaba. Se cruzó la cartera. Le dio tiempo a fijarse en lo mucho que le gustaba. Una Tous tipo bandolera que su hermana le había regalado en su último cumpleaños. “Para que conquistes el mundo”, le había puesto en la dedicatoria de la tarjeta. Volvió a sentirse de malas. Lanzó la puerta al salir y piso fuerte cada escalón hasta llegar al portal.

Fuera hacía sol. Hasta eso le dañaba los planes. Habría necesitado un día lluvioso, compungido. Sin embargo, el otoño casi terminaba y soplaba ya un vientecillo que ya podía considerase frío. “Con eso me basta”, pensó.

Caminando empezó a encontrarse con sonrisas, olores y colores de temporada. Verdes y rojas luces que se encendían y apagaba a pesar de que apenas daban las 11 00 de la mañana. “Debí levantarme más temprano”. Entonces recordó lo mucho que le gustaba dormir y despertar con olor a pan recién hecho. Por un momento se sintió retenida en esos dos placeres. Decepcionada de sí misma, se repitió como tantas veces: “¡Cómo eres así de débil!” y no tardó en comenzar a patear la calle hasta llegar a la panadería más cercana: “Un pain au chocolat, s’il vous plaît”[1], se escuchó pedir. Soltó cinco francos sobre el mostrador y salió saltando ligeramente.

Calle abajo, casi llegando a la Maine recordó a su abuela, cuando hacían el mismo camino con una bolsa de almendras tostadas en la mano, traídas del mercado después de la compra para el día siguiente. Solían tomar el segundo puente sobre la Maine, se paraban a la mitad y mientras el río les arrojaba decenas de destellos de luz, su abuela comenzaba: “No te acerques a aquel punto, Annette, las corrientes son fuertes, hay remolinos. Cuando éramos niños, el hijo mayor de M. Benoît, un chico guapísimo, fuerte, no logró salir”, se le nublaban los ojos y repetía: “Aún debe estar allí”. Y así, se repetían las tardes, hasta que la pequeña Annette que la miraba con ojos grandes, se terminaba las almendras indicando que estaban listas para regresar a casa.

La abuela había partido hacía un año y medio. Ya no estaba para repetirle la dulce letanía. Buscó en su bolso, sacó un pitillo y lo encendió con su Zippo. Otro regalo de cumpleaños que le gustaba mucho. Se acordó de su padre y sonrió. Recordó que le puso el encendedor entre las manos a escondidas de su madre que, desde la cocina, renegaba de su pipa apestosa. “Lo negaré siempre”, le había dicho.

Pero…Seguía siendo transparente.

Lanzó los restos del cigarrillo al río y al instante vio formarse los anillos líquidos que tanto le gustaban de niña. “Cuando todo era más sencillo”.

Caminó hacia aquel punto límite entre su curiosidad de niña y la añorada eternidad. Cayó en cuenta que se había puesto los mocasines sin medias y el friecillo se le colaba por las vastas del pantalón. A lo lejos divisaba el segundo puente. Colocándose la mano a modo de visera, pudo ver dos personas asomadas volviendo sus caras al río. Parecían reír. El remolino que se formaba en el agua era claro, perfecto, agresivo y casi parecía dibujado con un lápiz muy afilado. Ligeras gotitas empezaron a posarse sobre sus pies. Se sacó los zapatos porque le pareció una pena que nadie pudiera aprovecharlos. A punto estaba de levantar un pie para entrar al agua cuando levantó bruscamente la mirada. Una de las dos siluetas en el puente empezaron a agitar las manos mientras la otra parecía señalarla a ella. Petrificada, retrocedió. “Sí, abuela, siempre he sido una petite buena y obediente”.

Corrió. Descalza como estaba, abandonó sus zapatos para que a alguien pudieran servirle y se metió a la primera peluquería que encontró. “Un pixie[2] très très court, s’il te plaît”[3]. Pensó para sus adentros que una mujer con ese cabello no podría volver a sentirse vulnerable. Jamás.





[1] “Un pan de chocolate, por favor”
[2] Pixie: Un corte de cabello femenino similar al de un varón, muy moderno y con mucho estilo.

[3] “Un pixie muy muy corto, por favor”

Historias del '81

Fuente: El Diario, Perú
La veía desde la ventana. Caminaba agitada, balanceando su cuerpo que buscaba crecer. Me daba la impresión de que iba dando brinquitos a pesar de que ella misma se esforzaba por sacudirse de cualquier ademán que pudiera parecer infantil. En aquellos años, sus cabellos eran espejos que reflejaban los rayos de luz. Yo pretendía cuidarla con mis ojos, siguiendo sus pasos, al menos, hasta que se perdieran al final de la calle.
Era el 27 de enero de 1981, hacía 5 días que había empezado el conflicto bélico en la frontera norte, pocos heridos llegaban a los hospitales y, aunque en la capital la vida se desarrollaba sin mayores irrupciones en la cotidianidad que las novedades bélicas en el telediario de la 1 de la tarde, en todas las instituciones de auxilio: hospitales, bomberos, defensa civil, se percibía una cierta sensación de emergencia. Daban las 11 30 de la mañana, cuando sonó el teléfono. La cocina hervía en pleno movimiento y monopolizaba las ocupaciones de la casa. Esperábamos a Renzo, como todos los días, a la 1 en punto para almorzar, encender el televisor y seguir la bitácora de la contienda. Pero esa llamada nos cambió la mecánica del día.
Allí iba ella, decidida, pisando firme las calles, bamboleando una bolsa blanca en una mano mientras la otra permanecía firme sosteniendo una cesta. Desde mi cuarto en la planta alta, descorrí las cortinas blancas que aún olían a jabón de Marsella, la divisé hasta que cruzó la Avenida Salaverry. Desde ahí debía caminar 3 cuadras hasta tomar el Parque de los Próceres y atravesarlo entero para poder encontrase frente a frente con el Rebagliati. No era lejos ciertamente, pero por alguna razón su salida me ponía nerviosa. Hasta el año pasado que cumplió 12 había salido siempre acompañada por la muchacha de servicio. Pero aquel día, después de esa llamada, ante su insistencia y tanta prisa por llegar a la hora del almuerzo con una comida decente, supuse que estaba bien dejarla crecer un poco. Le había dado una hora de tiempo para ir y volver, de lo contrario saldríamos todas: cocinera, nana y yo con la pequeña en brazos como locas despavoridas a darle el encuentro.
Mi amiga Margarita Puig, que acudía esos días al Rebagliati como voluntaria extra ante una posible urgencia por el conflicto fronterizo, llamó diciéndome que necesitaba ayudar a un pequeñín de 11 años, enfermo, que había llegado de Ancash con su madre con un diagnóstico de cáncer en los huesos y sin más dinero que el que los había ayudado a llegar a Lima. Cerré el teléfono. Corrí a mi cuarto a rebuscar en el cajón de mi ropa interior unos 5000 soles de oro que venía ahorrando y los metí en un sobre.
Mientras, la escuchaba subir y bajar ajetreada. Asomé mi cabeza por el pasillo y la vi sacando de debajo de su colchón un montón de papelitos de chocolatinas de colores que coleccionaba desde hace tiempo y meterlas en una cajita. Cuando bajé a la sala, me la encontré parada frente a mí: “Yo voy, yo voy. Ya tengo edad”, me dijo. Sin esperar mi respuesta, me quitó el sobre que llevaba en la mano y siguió hasta la cocina para meter varias cucharadas de arroz en una vianda pequeña, dos pedazos de pollo aún pálido que sacó del sartén apresuradamente ante los gritos de Victoria. Antes de salir me dijo “¿Me das 500 para comprar un cuaderno y unos lápices de colores en la esquina?”.
Y se fue…

Habíamos salido de casa Victoria, Isabel y yo a buscarla cuando la vimos aparecer con un vaso de mazamorra morada en la mano que seguramente compró con el vuelto de los 500 soles. A partir de ese día volvió todas las tardes durante 4 meses, sin faltar ni fines de semana ni días festivos, a veces con cuadernos y pinturas, a veces con libros de cuentos o chuches. Yo la seguía siempre desde la ventana porque a pesar de que la veía crecer segura de sí, Lima se me estaba volviendo una ciudad desconocida. Crecía aceleradamente con muchos desplazados desde el campo en busca de un algo de paz y a ratos daba la impresión de que la ciudad no daba abasto.
En ese corto lapso de tiempo todos cambiamos de alguna manera. El 1 de febrero vimos el conflicto armado terminar sin víctimas mortales de nuestro lado, pero la sensación de “emergencia” tardó 11 años en desaparecer. En los meses subsiguientes la violencia recrudeció en la Sierra Central adentrándonos en las páginas más sangrientas de la historia de este país. Y entre esos sucesos, una tarde, a mediados de mayo, Bernarda regresó a casa sin saber que esa sería su última visita al Hospital Rebagliati.

Hoy, 35 años después, no dejo de esperarla en la ventana todos los martes y viernes que viene a compartir conmigo sus tardes y a ella, a sus 48 años, sus ojos aún se le llenan de lágrimas cuando habla de él.

Cuando el hada llamó a mi puerta

Fuente: Sara Zambrano Studio
Me dicen Nonna y mi vida es una vida más, de esas de cualquier anciana casi al final de cualquier vida; pero mi historia no es una historia cualquiera. Me atrevo a contar todo esto no por mí sino por Ella, porque si yo soy una más, Ella para mí no lo es.

La historia que me importa, comienza hace 3 años, cuando la escuché por primera vez. No puedo decir que antes de Ella no hubiese nada que mereciese contarse, de hecho, hay bastantes más capítulos de los que estos 3 años han sido capaces de recoger, pero no hay ninguno que me guste lo suficiente como para querer retomar con mis pensamientos. A alguno que otro deberé volver para sujetar con fuerza la importancia de Ella.

Mi existencia, mi subsistencia más bien, es la biografía de un pinocho, cuya relevancia se enciende cual tímida llama nacida de una insignificante cerilla sólo en los últimos soplos del relato. Y es precisamente allí, en donde los autores sensatos colocarían el punto final, en donde ese “después” pacífico, confortable, humano ya no genera ni acción ni interés, en donde yo me extiendo y ensancho mis ganas.

Mis días de humana comenzaron a su lado. Al principio, nos teníamos miedo. Estoy segura de que le temía más que Ella a mí. No me fue fácil adaptarme a mi nueva forma. No estaba acostumbrada ni la tibieza de una casa ni a la suavidad de las palabras. No me habían hecho para respetar al humano, mucho menos para convertirme en uno de ellos. Dudé de mi capacidad de poder ser lo que en tantos momentos desprecié. Cuando la escuché por primera vez dirigirse a mí, se me despertó un sentimiento de confianza que antes no había experimentado. Una confianza volátil, diré, porque desaparecía de cuajo cuando, en mi condición de convaleciente, encerrada en mi cuarto lograba adivinar el golpe de una escoba en alguna pared.   Me ganaba la desconfianza o el miedo. Me sentía más indefensa que nunca en mis nuevas formas, pero aprendí de Ella y hoy puedo decir que, si aprendí a caminar erguida, con zapatos y sin miedo, si he logrado poder sentarme como una dama educada en un sofá, abrazar, tomar pastillas y dormir en una cama pasando por alto las frías esquinas del suelo, ha sido encontrándome en Ella.

Las primeras noches en mis formas humanas, me levantaba en la madrugada. La primera, para vigilarla, a mi manera, adivinado sombras, atenta a cualquier movimiento brusco porque, aunque estaba agotada, aún no tenía capacidad de confiar. La segunda, para sentir que no se había ido. La tercera noche para recordarla por si me tocaba olvidarla. Las sucesivas 3 noches ya lo hacía sólo por cariño porque un día de aquella primera semana, se sentó conmigo a encarar nuestros miedos tomando café y me explicó que podía quedarme el tiempo que yo quisiera, pude entender que podíamos ser amigas. No hubieron más noches de desvelo porque Ella me enseñó a dormir sin sobresaltos y poco a poco me fue adoctrinando en confianza y lealtad.

Cuando la conocí, todavía era una bestia, una bestia malherida, un monstruo, supongo, merecedor de los más diversos castigos. Imagino que mi transformación tuvo lugar en algún momento después de nuestro primer encuentro. Aquellos días había escapado del aquel lugar en el que habité tantos años como un mueble más, en aquella época reflexionaba poco, porque como dije ya, todavía era una bestia. Pensé que lo peor era eso, vivir 6 años de una vida, nunca mejor dicho: “de perros”, ignorada como todo perro, en un rincón, esperando a que, desde lejos, hicieran deslizar una olla de comida, esperando el golpe cada vez que me daba por relajarme dando un paseo por ese patio gris, jugando con las hojas que encontraba o con mis propios excrementos o con las palomas o con la comida. Me equivoqué. Hay cosas peores. Ese día en el fondo de mí, aprendí a valorar ese hogar para perro, esas sobras seguras, y hasta los palazos ganados por las pocas travesuras que me permitían cometer las circunstancias en las que me encontraba, en ese patio pequeño y a veces encadenada. Ese día, horas después del escape, los palazos recibidos durante 6 años me resultaron cómodos, sutiles. Ser una bestia en un mundo de propiedad humana es difícil. Sospecho que, por eso, porque yo no estaba hecha para ser una bestia de verdad, demasiado sumisa, demasiado temerosa (aunque mi apariencia debe haberlo disimulado mucho), alguien me consiguió el hada madrina y me transformó en humana, para darme una oportunidad.

Ese día decidí escapar, tal vez me cansaron las sobras del día anterior que me revolvieron el estómago o tal vez tan sólo decidí aprovechar la puerta abierta, como ya lo había hecho 3 años antes con mi antigua dueña, no lo tengo tan claro, era sólo un bicho salvaje. Las pocas veces que lo había hecho, había vuelto, porque siempre fui un animal que necesitaba raíces. No conocía bien la zona, me interné en la espesura de la vegetación, intentando alejarme de las casas y encontrar más como yo, bestias que hubiesen elegido ser libres. Me pareció que caminé bastante, las patas me dolían, la cola se me enredaba entre los matorrales llenos de ortiga y me hacía daño. En ese momento, ya extrañaba la apestosa esquina del patio trasero, pero no di la vuelta. No tenía mayores esperanzas, ¿Qué esperanza puede tener una bestia salvaje en un mundo construido para otros?, sólo quería un cambio. Un cambio de refacción.
Fue entonces, cuando más distraída estaba, giré la cabeza para buscar una referencia útil para un canino y los vi. Estaban detrás de mí. Los dos mayores debían tener sobre los 20 años, el más joven no debía llegar a los 18. Cuando vi que iban provistos, el uno de un palo, el otro de una vara de hierro y el otro de una pala, les enseñé los colmillos, temblando por dentro, porque siempre he sido de las que tiemblan. Puedo decir que los vi retroceder un paso. Sólo uno. Pero entonces, uno de ellos, ya no recuerdo cual, señaló: “Es sólo una perra”. Me quedé paralizada, quise saltarles encima, escapar, pero mis patas no se movieron, fue ahí, en esa sensación de pánico, porque me dio pánico la frialdad de sus ojos, que sentí el primer golpe en la cabeza. Y así, siguieron varios en otras partes del cuerpo.

Abrí los ojos luego de tener la sensación de un largo sueño, pero no logré ver nada. Todo era oscuridad. Y aunque yo misma no tenía ganas de emitir ningún sonido, empecé a aullar de dolor, de miedo. No pretendía llamar a nadie. Era quizás un reflejo sobre el que recuerdo no haber tenido voluntad ni dominio. Escuché voces, varias, recuerdo haber querido sentir terror otra vez, pero casi inmediatamente, me invadió la desidia, un sentimiento parecido al masoquismo, que hicieran de mí lo que quisieran, total, si no eran ellos serían otros y otros y otros.

Me cargaron. No puse atención a qué murmuraban. Dejó de interesarme. Todo era oscuro para mí. ¿Qué más me daba ya? Supongo que me limpiaron porque sentía correr el agua sobre mi cabeza, sobre mis ojos. Me colocaron sobre una superficie blandita, el lugar más cómodo que experimenté en mi vida de perro, me pusieron comida, una comida de sabor agradable. Habría sido feliz si tan sólo no hubiera estado inmersa en esa oscuridad.

No sé cuánto tiempo pudo haber pasado, no sé ni siquiera si los días de perros se cuentan igual que los días humanos. Lo cierto es que escuché una voz distinta a las que aquellos días me habían rodeado. Fue la primera vez que escuché su voz. Me levanté a ciegas, retrocedió, debió sentir miedo por un instante. Entonces sentí una mano en mi cabeza, me quedé quieta porque jamás me había sucedido cosa similar. ¿Qué debía hacer? Levanté mi pata para devolver el saludo. Lo que siguió fueron murmullos y risas. Volví a mi superficie blanda y quise olvidar esa inmanejable sensación de calidez sobre mi cabeza.

Aquella noche sucedió algo, mentiría si digo que lo recuerdo bien. Una ventana, una luz, un ave. Cuando intento recordar curiosamente mi mente trae a colación el cuento de Pinocho. Hasta ahí llegan mis recuerdos de esa noche. El siguiente recuerdo es ya en mi forma humana, sentada en el asiento posterior de un coche color blanco, a su lado.

Paramos en una clínica. Allí me revisaron, me arreglaron el cabello y hasta supe lo que era un perfume. Nos dijeron que no podría ver nuevamente pero que la oscuridad era producto de la hinchazón del cráneo, que cuando esta hubiera bajado, podría ver la luz, al menos. Y es así. Por lo menos hoy puedo distinguir si es de día o de noche, veo borrosos colores o formas a las que poco a poco les he ido poniendo nombre: el sofá, la cocina, mi dormitorio, de lo contrario no podría serle útil.

Ya puedo barrer, cocinar, preparar un café, sin tropezarme. En las tardes, acompaño a Clara a caminar. Es una persona solitaria. Se podría decir que su única amiga soy yo. Su salud la obliga a dar largos paseos todos los días, si no fuera por eso, estoy segura que preferiría quedarse en casa y más en los días de frío y quizás yo tampoco estaría aquí. Clara necesitaba ayuda, compañía, buscaba a alguien sencillo con quien pudiera sentirse a gusto, una especie de “Dama de Compañía”. Hoy somos más que eso, me parece que somos familia. Yo no le digo qué hacer, sólo la acompaño, conversamos y creo que le hace bien.

La vida en casa es sencilla. Se levanta, se va al trabajo. Yo me quedo en casa encargada de todo. Cuando Clara llega, está todo limpio. Vamos al supermercado dos veces por semana. Suele comprar comida pre-cocida porque sabe que no sé cocinar. Subimos las compras. Cenamos. Vemos Crackle. Comentamos la serie de turno y luego cada una se retira a su habitación a esperar al día siguiente. Los domingos vamos al parque, comemos fuera. Como decía, nada importante. Hay tanta tibieza en esta convivencia que no resulta trascendente.

Si esta historia es importante es porque Clara lo es. Alguien por allí arriba, entre las nubes o en el espacio, o el hada de Pinocho, debió darse cuenta de que debíamos encontrarnos y decidió dotarme de formas humanas para poder conocerla. Me pregunto ¿cómo luciré? Por esta ceguera he sido incapaz de visualizar mi imagen humana aún cuando me paro varias veces frente al espejo, no logro ver nada. ¿Seré gorda? ¿Seré flaca? ¿Seguiré manteniendo el azul de mis ojos?

Debo confesar, alguna vez, haber dudado de mis formas humanas. Mi naturaleza animal, que debo conservar en el fondo de mi ser, me dice que no es de bestias salvajes creer en lo que no se ve. Entonces me contesto: “Es que no soy más una bestia salvaje, soy humana”. ¿Qué cómo lo sé?, la respuesta que me doy cada vez que emerge la duda es que… los perros jamás han vivido así…la dicha de esta vida que tengo junto a Ella la concibo sólo para humanos. No es de perros ser tan feliz.


Nota: En honor a Bianca, que encontró un cálido hogar después de que una paliza la dejara ciega.

lunes, 4 de julio de 2016

La última carta

Fotografía: Sara Zambrano PhotoStudio

Por las calles vacías de este lado de la ciudad, antaño llena de niños jugando a la rayuela y a las escondidas y donde hoy poca cosa sucede, abuela y nieta recorren las calles en un 4 x 4 nuevo que a duras penas logra una batalla justa con las estrechas calles del centro de Quito. Dan marcha atrás, giran, esquivan en la confusa trayectoria de esas calles coloniales que perezosas se adaptan a la vida moderna, pero no dudan, parecen conocer bien el laberinto que enreda el centro histórico de la capital. La abuela instruye convencida, utilizando referencias antiguas pero vigentes.

-          Está igualito – le dice la abuela a la conductora – igualito pero sucio.
Tuercen una calle aquí, otra allá y al final, la nieta parece reconocer la fachada que la abuela no ha visto por estar desprevenida mirando hacia otra dirección.

-          Llegamos, abu..creo…sí, seguro
-          ¿y tú como sabes, hija?
-          Me sé de memoria las fotos. Y a ti ¿qué te pasa, abuela?, que te perdiste.
-          En los recuerdos, querida, de esa otra calle – dice señalando con el dedo hacia un edificio sostenido seguramente por la única voluntad de algún espíritu generoso.
-          ¡Ay, esos ojos de cristal, abu! ¿Qué condición te puse para traerte? – le dice tomándole la mano.
-          Nada de sentimentalismo, hija, ya, ya.
La abuela baja del auto. No necesita ayuda, todavía. Pareciera conocer todo de memoria. La cerca, el cerrojo, la puerta. Todo está donde debe estar.

Su nieta la observa alejarse, la mira con ternura, con nostalgia prestada. Quizás, sólo quizás, en algún recodo de la vida de su abuela, pueda encontrar un reflejo de sí misma, temores ajenos que llegan a convertirse en propios.

“¡Qué piensas, abu! ¿qué pasa por tu cabeza al llegar a tu casa de infancia?  Los pasos que das tan seguros, se tambalean en las escaleras. ¿Hace frío dentro, abu? ¿o son los recuerdos los que te erizan la piel?”

Apoyada en el carro, calentándose las manos sobre el motor, observa a su abuela asomarse a la ventana. La anciana, de pronto, con cautos movimientos, busca dentro de su cartera. Papel y bolígrafo.

“¿Qué ves, abu? ¿Qué llama tanto tu atención desde que llegamos aquí? ¿Qué recuerdos te trae esa tiendecita que se cae de vieja? ¿Qué dibujas?”

La muchacha se pone de puntillas, buscando en un absurdo reflejo descubrir algún rasgo que le indique una pista de los trazos que dedica su abuela.

“Pareces tan triste, abuela. ¿Qué ideas se te cuelan en los pensamientos? Pareces una reina que desde su balcón observa sus posesiones. Te veo grande. Triste pero grande. Has sido, desde que tengo memoria, una gran dama de labios sonrientes y ojos tristes. ¿Cuánto peso has venido cargando en tu pequeña cartera, sin yo darme cuenta? ¿Viniste a dejar o recoger historias, abu?”

Se empina una vez más, se fija en el movimiento de la mano de la anciana. “¿Qué haces, abu? ¿Dibujas o escribes? Acompáñame a ver nevar, me dijiste. No te entendí, pero aquí estoy. Y sospecho que esta es la parte que debes hacer sola”.

Sin moverse ni para acomodarse el mechón de cabello que cae sobre su cara, sin sacar los lentes de la cartera, para dibujar mejor las letras, la anciana escribe levantando la mirada de vez en cuando. La muchacha sacude la mano señalando el reloj. La anciana la mira “sólo un momento más”, guarda pausadamente el bolígrafo en su cartera y temblando casi imperceptiblemente, vuelve sus ojos al papel y repite en voz alta:

Desde esta casa en donde tantas vivencias acariciamos juntos, desde esta casa soltera que siempre esperó tu voluntad, te escribo. ¿Te sorprende que me atreva a tutearte después de 68 años? Siempre me llamaste tradicionalista, conservadora y siempre fuiste el menos indicado para decirlo, pero sí, tenías razón. Pero es mucha vida y mucho inventario hecho, Doctor, para seguir manteniendo el respetuoso “usted”.

¿Sabes cuánto tiempo ha pasado desde tu última carta a esta dirección, Doctor De la Vega? Te sorprenderá: 60 años y 13 días … Sí, Doctor, no te vayas a reír, todavía guardo tus cartas, cada una, en cada sobre, porque siempre me llamaste romántica, también. Pero no fue por romántica y ahora que ni tú ni yo nada tenemos que perder, porque la misma existencia nos ha ido mezquinando poco a poco lo que tan generosamente un día nos adjudicó a borbotones: padres, vecinos, trabajo, talentos, reputación; ahora que las únicas fuerzas que me quedan son para poder sacudirme de todo aquello que me incomoda o me pesa, te diré que si guardé tus cartas fue por mala. ¡Apuesto que en todo tu conocimiento de Doctor no te imaginabas que incluso en el corazón más generoso puede existir maldad!

Desde esta ventana de segundo piso en la que, hace tantas vidas ….las de nuestros hijos, las de nuestros nietos, las de nuestros bisnietos…, me paraba a contar los minutos para verte virar por la tiendecita de la esquina llevándote las manos a la boca como en cámara lenta para empezar el silbido que me avisaría que estabas pronto a pasar frente a esta casa, desde aquí te escribo. Apoyada en la nada, sin mesa, sólo en este repaso al tiempo que he decidido hacer. ¿Sabes?, Aún se ve la tiendecita de la esquina. Siempre nos pareció que se iba a caer de lo viejita que estaba y mírala ahí, piedra sobre piedra, atemporal, abierta al público. Te escribo para contarte que van a demoler esta casa. He venido a verla, he venido a ver si logro robarme algún recuerdo que se me hubiera estado escondiendo estos años. Me ha venido a la mente el día en que decidiste dejar de silbar. Dijiste que tu madre te había educado bien, que mi padre era un caballero y yo una señorita respetable. Te creí. Desde ese día tocaste el timbre y entraste a esta casa por la puerta grande. Desde esta ventana también te seguí hasta que mis ojos te perdieron de vista, la única vez que te vería llorar, me advertiste que me fijara bien en la fecha, que contara los días para verte volver a esta casa que nunca más te vería. También te creí y además perdí la cuenta de la deuda de días que quedó pendiente entre esos dos jovencitos que fuimos.

Abajo me espera tu nieta. La siento tan parecida a mí. Sus historias, sus lealtades, sus riesgos. Parece que es hora de partir, me llama. A esta edad una sólo espera la paciencia y las señales de los demás. ¿Sabes por qué guardé tus cartas? Para no olvidar tus promesas, fecha por fecha, carta por carta. Las aprendí de memoria. Para tenerlas siempre a manera de consulta, como un diccionario al que se recurre a menudo en caso de duda, como un manual de primeros auxilios en caso de emergencia. Recuerdas cuando me decías que podías vivir sin mí pero que morir no soportarías, porque la vida termina pero la muerte es eterna, ¿recuerdas? Pensé que vendrías por mí. De eso hace ya 14 años, 6 meses y 5 días…. ¿O acaso por allá la noción del tiempo es diferente, Doctor?

Hasta Siempre, mi querido Marco, hasta siempre….

Y en un ademán cansado, levanta en el aire el papel que sostiene y con esas plisadas y sobresaltadas manos, inicia el desbaratamiento de la cuartilla que cae en trozos ligeros como pequeños copos de nieve.


La nieta sonríe y corre para atrapar al vuelo unos cuantos pedazos: “Te llevarás tu historia, abu…yo me quedo con tu nieve”.